GRANDES EXPLORADORES: LÁSZLÓ ALMÁSY , EL PADRE DE LA ARENA (PRIMERA PARTE)

“El ser humano siente la cercanía del Creador y no hay nada que pueda distraerlo de esta certeza. La fe en un Ser Supremo y, al mismo tiempo, la aceptación de nuestro destino se impone a nuestro ánimo de modo casi imperceptible, preparándolo para sacrificarnos sin queja al desierto”. Estas palabras sobre el desierto y la impresión que causa en el alma humana pertenecen al libro “Sahára desconocido”  del aventurero, aviador, escritor, soldado y aristócrata húngaro el conde László Ede Almásy de Zsadány et Törökszentmiklós (1895-1951), un nombre que , como me sucedía a mí , no os dirá nada hasta que nos descubren que fue en su figura en la que se inspiró el novelista canadiense Michael Ondaatje(1943) para su obra “El paciente inglés” en la que a su vez se basaría el director Anthony Minguella (1954-2008) para filmar su película del mismo título en 1996 , que obtendría nueve oscar de Hollywood. Sin embargo, la película no nos descubre la faceta más aventurera de Almásy, sus viajes por el desierto en busca de ejércitos y ciudades perdidas, su pasión por aquella inmensa desolación que, según sus palabras, “purifica el cuerpo y el alma”. Si queréis acompañarme hoy trataremos de conocer mejor a este hombre y lo que tanto amaba, el desierto.
El  Sáhara, palabra árabe que significa precisamente “desierto” , se extiende por todo el Norte de África ocupando extensos territorios de Marruecos, Mauritania, Mali, Níger ,Túnez,Libia, Chad, Sudán y Egipto además de la nueva República de Sudán del Sur y la no reconocida como estado independiente, Sahára Occidental. Su superficie es objeto de controversia pues ,según la fuentes que consultes, varía entre los nueve millones de kilómetros cuadrados que le atribuye la wikipedia, a los más de ocho millones de kilómetros cuadrados que le atribuye el escritor español Javier Jayme(1950) en su obra “Pioneros de lo imposible” que he utilizado para documentare al escribir la historia de László Almásy. En realidad el Sáhara es como un organismo vivo, al que no es posible fijar con unos límites precisos ni trazar sus fronteras con una regla, pues ,como si se tratara del agua del océano, se contrae y crece, como si sus dunas fueran olas que rompen contra la costa y se retiran para volver de nuevo con más ímpetu. Lentamente, va conquistando nuevos territorios, tratando de extenderse hacia el sur y mirando al norte como si tratara de salvar el obstáculo del Mar Mediterraneo.

Mapa físico de África donde podemos ver la extensión del Sáhara, sus casi nueve millones de kilómetros cuadrados de superficie que atraviesea el continente de este a oeste  y con una anchura de más de cinco mil kilómetros , con un índice medio de pluviosidad que no supera los 100 mml y en algunos sitios como el árido desierto de Libia no llueve desde la década de los años treinta del siglo XX. En el norte del desierto se encuentran los grandes sistemas de dunas, los Erg, la parte central está ocupada por sistemas montañosos como el Macizo de Tibesti con el Emi Koussi de 3415 metros de altura y el Macizo de Ahaggar donde se encuentra el Tahat de 2918 metros . En el oeste del Sáhara se concentran eriales rocosos de escasa altura llamados Hamadan, que ocupan hasta un 70% de la superficie del desierto. También hay cursos secos de ríos , conocidos como Wadis que desembocan en cubetas salinas llamadas sebjas. En cuanto a su población está formada por bereberes, árabes y negros ,la mayoría de ellos de vida nómada y sólo en los oasis se pueden encontrar asentamientos estables dedicados a la agricultura, aunque su superficie no supera los 2000 kilómetros cuadrados, apenas un grano de arena en la inmensidad desolada del Sáhara donde sólo crecen algunas acacias aisladas y arbustos espinosos . Un territorio hostil pero también profundamente hermoso (imagen procedente de http://www.kalipedia.com ) 

 

Tiene una longitud de más de cinco mil kilómetros  y una anchura de mil seiscientos kilómetros de total aridez excepto por sus oasis , que apenas representan dos mil kilómetros cuadrados de superficie del total del desierto y permiten que en su entorno puedan vivir unos dos millones de personas , los únicos habitantes del desierto junto con los nómadas tuareg que desde la antigüedad controlaron las rutas del desierto y utilizan la palabra Teneré , procedente de su lengua, el tamasheq, para denominar al Sáhara, una palabra que , al igual que Sáhara, significa desierto. Pero aunque nos pueda parecer que el desierto es un paisaje monótono e invariable, donde se suceden las dunas y el vacío , esto no es del todo cierto, pues el Sáhara está dividido en diferentes zonas con paisajes diversos. Así, el área de dunas representa no más de un 20% de la superficie total del desierto y reciben el nombre de Ergs con la que se define la región arenosa del Sáhara. Hay otra parte pedregosa conocida como Hamada  , una zona sin apenas arena y muy llana,  y cubierta de grava y piedras que constituye aproximadamente el 70% de la superficie del desierto . También tenemos los regs, zonas pedregosas similares a la Hamada pero donde es posible hallar algún tipo de vegetación , los Güeltas, donde se forman lagunas en las extrañas ocasiones en que el agua acaricia la arena del desierto y los Wadi, que son los cursos secos y fosilizados de antiguos ríos donde cuando llueve vuelve a correr el agua.

VÍDEO DEL  DESIERTO DEL SÁHARA

No es un vídeo sobre la historia del Sáhara, son nada más que imagenes acompañadas con música y dura cinco minutos, pero creo que transmite la belleza del desierto, una belleza profunda y casi mística que explica que, a pesar de ser un lugar tan hostil para la vida, conmueva a todo aquel que lo contempla

 

En toda su extensión no encontraremos vegetación más que la que se concentra entorno a los Oasis , las estribaciones de la cordillera del Atlas y el Valle de Nilo . Hay una historia que no me resisto a contaros sobre el que fue calificado como el árbol más solitario del mundo, el Árbol de Teneré. Se trataba de una acacia que se hallaba en el noreste de Níger, en la zona que aparece marcada en los mapas como Teneré . Era el único árbol en más de cuatrocientos kilómetros a la redonda , superviviente de un grupo de acacias que crecieron cuando el desierto era más húmero que en la actualidad gracias a sus raíces que penetraban  más de treinta metros de profundidad en la tierra hasta alcanzar aguas subterráneas de las que se alimentaba. Así la describía en 1939 en su diario de viaje el comandante francés Michele Lesourd “Uno debe ver el árbol para creer en su existencia. ¿Cuál es su secreto?, ¿cómo pudo sobrevivir a pesar de las multitudes de camellos que pasaban a su lado?, ¿cómo ningún azaro permitió que algún camello comiera sus hojas y espinas?, ¿Por qué ningún tuareg que dirigía las caravanas de sal, cortó sus ramas para encender fogatas, y hacer su área? La única respuesta es que el árbol es tabú y es considerado como tal por los caravaneros.Hay un tipo de superstición, una orden tribal, que es siempre respetada. Cada año los azahari se reunen alrededor del árbol antes de afrontar el cruce del Teneré. La acacia se ha convertido en un faro viviente: es el último punto de referencia para los azahari que dejan Agadez para ir a Bilma o para regresar”

El Árbol del Teneré fotografiado en 1939 tal y como lo vio Michel Lesourd por primera vez el 21 de mayo de ese año . A su lado se cavó un pozo para ver a que profundidad se hallaba el manto freático de donde obtenía el agua, y las raíces de esta solitaria acacia se encontraban casi a cuarenta metros de profundidad. Allí se erguía , el último de su especie, desafiando al desierto, al vacío , un grito de vida en medio de la nada . Incluso hoy viendo la fotografía estremece contemplar su existencia rodeado de la nada , un símbolo de la tenacidad de la vida incluso en las condiciones más extremas (imagen procedente de http://fronterasblog.wordpress.com )
Por desgracia hoy ya no podemos contemplar la acacia porque en 1973 un conductor libio que iba en estado ebrio  la derribó y sería reemplazado por un monumento erigido en el lugar donde crecía el árbol más solitario del mundo, cuyos restos se conservan en el Museo Nacional de Níger en Niamey, capital de este estado. Lo que siglos de sol, falta de agua y soledad no habían sido capaces de destruir lo consiguió un elemento tan extraño al desierto como un camión. Pero dejando a nuestra acacia atrás hay una zona del desierto del Sáhara  al que en los Atlas se denomina Desierto de Libia, que se extiende al oeste del valle del Nilo y ocupa amplias zonas de Egipto, Libia, Chad y Sudán, y al que los beduinos conocen como “el desierto dentro del desierto” por ser una de las zonas más secas y calurosas del desierto del Sáhara , donde apenas hay unos pocos oasis separados por grandes distancias entre sí. Sería en el desierto libio donde László Almásy viviría sus principales aventuras. Hasta finales del siglo XVIII tanto el desierto libio como el Sáhara en su totalidad no era más que un nombre que señalaba un gran vacío en el mapa de África, una región recorrida por los tuaregs y las caravanas que atravesaban el desierto además de los traficantes de esclavos como los que recorrían la Darb el Arbain o Ruta de los Cuarenta Días.

Fotografía del Árbol del Teneré realizada años después, cuando ya había sido dañado por otro vehículo . El explorador francés Henri Lothe(1901-1991), que alcanzaría gran celebridad por el descubrimiento de pinturas prehistóricas en el desierto de Tassili, había visitado el Árbol del Teneré en 1934 y volvería en 1959 , comprobando los daños que había sufrido. Escribió entonces “Anteriormente, este árbol era verde y con flores; ahora es un árbol espinoso, sin color y desnudo. No puedo reconocerlo: tenía dos troncos distintos, ahora solo hay uno, más bien con un golpe en el lado que un corte a un metro del suelo. ¿Qué le sucedió a este pobre árbol?. Simple, un camión que se dirigía a Bilma lo golpeó. Pero tenía suficiente espacio para esquivarlo. El tabú, el árbol sagrado, el único a quien ningún nómada osó haber herido con sus propias manos, este árbol ha sido víctima de un golpe mecánico” En 1973 una segunda colisión acabaría con este símbolo de la vida en medio del desierto (imagen procedente de http://fronterasblog.files.wordpress.com ) 
Esta Ruta era conocida y recorrida desde la antigüedad y ya el historiador griego Herodoto de Halicarnaso(484-425 a.C) se refería a ella como un camino que  “se recorría en cuarenta días”. Las caravanas seguían esta ruta que comunicaba Egipto con Nubia, el actual Sudán, transportando oro, marfil , especias, animales y plantas y más tarde también esclavos. Me referiré de nuevo a ella cuando sigamos los pasos de Almásy ,pero volvamos al siglo XVIII cuando se dan los primeros pasos para explorar el inmenso desierto del Sáhara. En Londres se funda en 1788 la Asociación para Promover el Descubrimiento del interior de África, mejor conocida como Asociación Africana , en un primer momento integrada por sólo doce miembros interesados en la geografía y la ciencia, pero que ya en 1791 contaba con 95 miembros. Cada uno de ellos tenía que aportar una cuota anual y además buscar a nuevos amigos que quisieran unirse. De esta forma, con el capital reunido, podrían financiar las primeras exploraciones del Sáhara Occidental, sobre todo recorrer el río Níger y comprobar si estaba unido al Nilo y hallar el lugar donde estaba la ciudad de Tombuctú, aunque a lo largo de su historia financiaría más de una treintena de expediciones hasta que en 1831 se integró en la Royal Geographical Society.

Entre sus primeros exploradores estuvo el aventurero irlandés Daniel Houghton(1740-1791) que en 1790 había logrado convencer a la Asociación Africana para que le apoyase en una expedición hacia el interior de  África Occidental y ésta le financió estableciendo como objetivos de la expedición recorrer el curso del río Níger y establecer el lugar donde se encontraba la legendaria ciudad de Tombuctú. Sin embargo, Houghton nunca regresaría con sus informes, desapareciendo en 1791 y no sería hasta 1793 cuando se confirmaba su muerte. Otro de los exploradores que iba a recibir el apoyo de la Asociación fue el explorador y naturalista escocés Mungo Park (1771-1806) que en 1794 se ofrecía como voluntario a la Asociación  para continuar con la exploración que había iniciado Houghton. Su vida y aventuras merecen que en su momento le dedique un artículo sólo para él, ahora nos bastará con saber que realizaría dos expediciones al río Níger , la primera de ellas entre 1795 y 1796 y la segunda entre 1805 y 1806, muriendo ahogado con el resto de su expedición en territorio nigeriano.

Mapa con los dos viajes realizados por el explorador escocés  Mungo Park, el primero en verde entre los años 1795 y 1797 y el segundo, en color fucsia entre 1805 y 1806. La Asosiciación Africana le había encargado recorrer el río Níger y comprobar si , como se creía, estaba conectado con el río Nilo. No debe sorprendernos pues a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX el Sáhara era un enorme espacio vacío en los mapas y apenas se sabía algo sobre su geografía. En 1795 no lo consiguió pero la Asociación Africana volvería a financiarle en la segunda expedición de 1805 en la que fue acompañado por 35 soldados , pero las fiebres, los ataques de algunas tribus y los rápidos del Níger terminaron con todos los miembros de la expedición, aunque su muerte no sería conocida hasta cuatro años después cuando fue descrita por un guía nativo que les había acompañado y que fue el único superviviente   (imagen procedente de http://imagenes.encydia.com )
Siguiendo los pasos de Houghton y Mungo Park, en 1797 viajaba hasta Londres el aventurero alemán Friedrich Hornemann(1772-1801) que se presentaba como voluntario para emprender una nueva expedición al desierto occidental avalado por una carta dirigida al principal miembro de la Asociación y que además era su tesorero, sir Joseph Banks(1743-1820), que también sería presidente de la Royal Society , carta escrita por un amigo de ambos. Gracias a ella y a la buena formación científica y buen estado físico del joven alemán la Asociación Africana apoyó su exploración pero con instrucciones diferentes a las que habían recibido Park y Houghton ya que le encargarán que recorra el continente desde el Mediterraneo hacia el sur y luego hacia el oeste , siempre en busca de las fuentes del Níger . Hornemann viajó hasta El Cairo donde esperaba unirse a alguna de las caravanas que recorrían el desierto pero en 1798 se iniciaba la campaña de Napoleón(1769-1821) en Egipto , lo que obligó a Hornemann a aplazar su viaje durante más de un año. Sin embargo, el científico y aventurero alemán se ganaría la simpatía de Napoleón, que por otro lado estimaba mucho a los científicos e investigadores y se había hecho acompañar a Egipto por 154 científicos expertos en las distintas materias , desde la biología a la arqueología, la historia o la geografía, por lo que Hornemann estuvo rodeado de sabios durante aquel año.
Por fin pudo incorporarse a una de las caravanas que se dirigía hacia el Sudán. Iba disfrazado de árabe y se hacía llamar Yusuf e iba en compañía de otro alemán que se había incorporado en el último momento, Freudenburg , que hablaba con fluidez árabe y también iba disfrazado. Si su identidad occidental era descubierta por sus compañeros de caravana podían darse por muertos. Después de pasar por el celebre oasis de Siwa donde había estado el oráculo del dios Amón que había consultado Alejandro Magno(356-323 a.C) durante su estancia en Egipto, llegaron a la ciudad libia de Murzuk. Pero allí Freudenburg murió de malaria y Hornemann también cayó enfermo y tuvo que abandonar a la caravana.Después se dirigió a la ciudad de Trípoli desde donde  envió su primer informe de la expedición y donde expresaba a la Asociación Africana su convencimiento de que el Nilo y el Níger no estaban unidos. En diciembre de 1799 reemprendía la marcha y regresaba a Murzuk en abril de 1800 con la intención de proseguir en dirección sur hacia el Sudán. Desde allí escribiría una carta a Joseph Banks y nunca más volvió a saberse nada de Hornemann, hasta que en 1819 se conoció que había muerto de disentería en el Níger.

Fotografía del Oasis de Siwa, situado a cincuenta kilómetros de la frontera con Libia en territorio de Egipto , en el Desierto de Libia  . Este legendario oasis donde se encontraba el Oráculo de Amón que fue a consultar Alejandro Magno tiene ochenta kilómetros de longitud y veinte kilómetros de ancho y está habitado por unas 23.000 personas. Se halla en medio de la nada, pues El Cairo se encuentra a más de quinientos kilómetros de distancia , tan aislados que la mayoría de sus habitantes hablan su propia lengua, el siwi. Su nombre en la época del Antiguo Egitpo era Sekht-am “tierra de palmeras” y si es cierto lo que narra Herodoto, hacia aquí habría enviado el rey persa Cambises II  en el siglo VI a. C  a un ejército de 50.000 hombres  que sería engullido por la arena del desierto. Aquí haría una parada Friedrich Hornemann cuando acompañaba a la caravana a la que se había unido para explorar el desierto y dirigirse hacia Sudán. (imagen procedente de http://api.ning.com )
Pero Hornemann había enviado los primeros informes con datos geográficos y apuntes de la naturaleza del desierto y abría el camino para nuevas exploraciones que continuarían durante el siglo XIX , pero el seco y árido desierto Libio seguía resintiéndose a desvelar sus secretos, pues, como ya hemos visto, apenas había oasis y no había forma de recorrerlo sin perecer en el intento.Y así entramos en el siglo XX y volvemos con nuestro protagonista László Almásy , que nacía en 1895 en la ciudad húngara de  Borostyánkő dentro del Imperio Austro Húngaro, aunque hoy se encuentra en territorio austríaco y su nombre es Bernstein im Burgenland. Su padre era el aristócrata György Almásy(1867-1933), etnólogo y zoólogo que había dedicado buena parte de su tiempo a realizar exploraciones en el continente asiático , lo que sin duda ejerció una gran influencia en su amor por los viajes y la  aventura de László. Después de estudiar en la ciudad austríaca de Graz viajo a Inglaterra para continuar sus estudios en la Berrow School en la ciudad de Eastbourne donde permanecería desde 1911 hasta el comienzo de la Primera Guerra Mundial en 1914.
De regreso al Imperio Austro Húngaro para unirse al ejército sirvió primero en el cuerpo de húsares para pasar después a prestar servicio en la aviación Imperial Austro Húngara. Almásy había obtenido la licencia de vuelo con solo diecisiete años durante su estancia en Eastbourne e iba a constituir para el resto de su vida una de sus grandes pasiones. Terminada la guerra ,donde fue condecorado por su valor, y desaparecido el Imperio en el que había nacido, Almásy regresaba a Eastbourne donde  trató de apoyar sin éxito la restauración de la monarquía austríaca al tiempo que se unía al Club de vuelo de Eastbourne y daba rienda suelta a otra de sus pasiones, los automóviles, participando y ganando en numerosas carreras automovilísticas. En estos primeros años de la década de los veinte también se dedica a organizar cazerías para millonarios europeos en Egipto. Pero su pasión por el desierto no comenzaría en realidad hasta 1926, y ni siquiera él mismo sabía muy bien la razón y se preguntaba “¿Será porque lanzarme a recorrer distancias ilimitadas significa para mí la expresión más completa del sentimiento de libertad?”

László Almásy, al que algunos conocen más como “el paciente inglés” y en su época de explorador era conocido por la gente del desierto como “el padre de la arena”. Cuando durante su segundo viaje al desierto en 1927 se aventuró en su coche desde El Cairo más de 350 kilómetros hacia el interior de aquel desierto libio  quedó fascinado sin ser consciente del peligro que estaba corriendo, casi sin agua , sin comida y sin que nadie supiera donde se encontraba. Tiempo después escribió sobre aquella experiencia ” Cuando pienso en mi inexperiencia  y ligereza de entonces , aún sacudo la cabeza, y hasta el día de hoy sigo asombrado , sin comprender como me abrí camino con mi coche , débil y pesado, a través de una de las cadenas de dunas más inquietantes  del desierto de Libia” (imagen procedente de http://lazarus.elte.hu )  
Desde 1921 Almásy tenía firmado un contrato con la compañía de automóviles austríaca Steyr Automobile y en 1926 le encargaron por un lado que sondease las posibilidades de abrir un mercado en Egipto para los coches Steyr además de probar su resistencia y adaptación a las duras condiciones del desierto. Aprovechó para organizar un viaje con el príncipe húngaro Antal Esterházy con quién  recorrería todo el valle del Nilo hasta llegar a la ciudad de Jartum, capital de Sudán, convirtiéndose en los primeros hombres que llegaban hasta allí en automovil. Un año después ambos participaron en la primera exposición automovilística celebrada en El Cairo y Almásy decidió emprender una aventura en solitario por el desierto saliendo de El Cairo. No llevaba comida, apenas diez litros de agua y no había dicho a nadie donde iba, por lo que si hubiera sucedido algo habría sido imposible auxiliarlo. Javier Jayme recoge estas palabras de Almásy sobre esta descabellada aventura en su “Pioneros de lo imposible”. “Cuando pienso en mi inexperiencia y ligereza de entonces , aún sacudo la cabeza. Y hasta el día de hoy sigo asombrado , sin comprender cómo me abrí camino con mi coche, débil y pesado, a través de una de las cadenas de dunas más inquietantes del desierto de Libia”
Almásy se internó 350 kilómetros en el desierto antes de regresar y fue entonces cuando sintió nacer el amor por el desierto que le acompañaría el resto de su vida , y en particular el desierto libio cuya exploración se convertía ya en su principal meta. Por eso, en 1929 organiza una expedición que tiene como principal objetivo encontrar y recorrer  la Darb el Arbain o Ruta de los Cuarenta Días y encontrar los restos del ejército desaparecido del rey persa Cambises II, que había reinado entre 528 y 521 a. C. Según cuenta la historia de Herodoto, Cambises habría enviado a un  ejército integrado por cincuenta mil hombres al oasis de Siwa, donde ya vimos que se encontraba el Oráculo de Amón que dos siglos después visitaría también Alejandro Magno. Una tormenta de arena les habría sorprendido en el camino y el ejército desapareció sin dejar rastro y sin que nadie lo hallara a lo largo de los siglos. Aunque para muchos historiadores esto no era más que una leyenda  en noviembre de 2009 dos arqueólogos italianos Angelo y Alfredo Castiglioni  encontrarían cientos de huesos así como algunos objetos que podrían tratarse de los restos del ejército perdido de Cambises.

Restos humanos hallados en 2009 por los arqueólogos italianos Angelo y Alfredo Castiglioni   que podrían tratarse del ejército  perdido de Cambises, del que hasta ahora muchos historiadores creían que no era más que una leyenda recogida por Herodoto, que escribió sobre el ejército perdido de Cambises “las tropas que habían sido enviadas para atacar a los amonios, después de haber partido de Tebas, poniéndose en camino con unos guías, llegaron, sin ningún género de dudas, a la ciudad de Oasis ,ciudad que ocupan unos samios que, según cuentan, pertenecen a la tribu Escrionia y que distan de Tebas siete jornadas de camino a través de una zona desértica . Según cuentan, hasta ese lugar llegó, pues, el ejército; pero, a partir de allí, a excepción de los propios amonios y de quienes se lo han oído contar a estos últimos, nadie más sabe decir nada sobre su suerte, pues las tropas no llegaron al territorio de los amonios ni regresaron a su punto de partida. En concreto, la versión que, a título personal, dan los amonios es la siguiente: resulta que, cuando, desde la mencionada ciudad de Oasis (Kharga), se dirigían contra ellos a través del desierto y estaban, más o menos, a mitad de camino entre su país y Oasis, se desató sobre los persas, mientras estaban tomando almuerzo, un viento del sur sumamente violento, que, arrastrando torbellinos de arena, los sepultó, y así fue como desaparecieron” (imagen procedente de http://descargaswow.com )

 

La Darb el Arbain o Ruta de los Cuarenta Días, como ya vimos antes, comunicaba Egipto con Sudán  y además de las mercancías tradiciones como el oro, el marfil, ámbar o las especias, había otra mercancía mucho más valiosa , los esclavos negros que los traficantes llevaban hasta el Nilo para venderlos en la ciudad de Asyut . No es difícil imaginar como debía ser aquella ruta de cuarenta días por el desierto para aquellos hombres a los que se había arrebatado la libertad y ahora se les obligaba a realizar marchas extenuantes bajo un sol abrasador y sin agua . Javier Jayme apunta en su libro que se estima que de los más de 100.000 esclavos negros que recorrían esta ruta anualmente no más de 8.000 llegaban con vida a Asuyt. Por fortuna el trafico de esclavos se había prohibido y en 1929 hacía más de cincuenta años que la ruta no se utilizaba, por lo que uno de los retos a los que tenía que enfrentarse Almásy era encontrarla si no había sido cubierta y borrada del mapa por las arenas del desierto. Acompañado por  el príncipe Fernando de Liechtenstein  y después de conseguir el permiso a regañadientes del gobierno de Sudán, que consideraba el proyecto una locura , Almásy y Lienchenstein se dirigían en sus coches a la ciudad sudanesa a orillas del Nilo de Wadi Halfa , donde recogerían a su guía sudanés y otros dos hombres también sudaneses para dirigirse después hacia el oeste hasta el oasis de Selima a 230 kilómetros de distancia.
Almásy era feliz en aquel momento a pesar de los funcionarios ingleses que habían tratado de disuadirle de sus intenciones, pero “Ninguna de las advertencias  de los amables funcionarios ingleses  pudo ya enturbiar mi alegría por hallarme, al fin, en el punto de partida  del viaje de descubrimiento planeado.” Cuando llegaron a Wadi Halfa, recogieron a los sudaneses que les iban a a compañar y pusieron rumbo al oasis de Selima, pero cuando apenas les quedaban cincuenta kilómetros para llegar se rompió el árbol de levas del coche de Almásy, así que ante la imposibilidad de repararlo allí  decidieron que Almásy llevaría a  Liechtenstein en el otro coche hasta el oasis y luego regresaría  para ir de nuevo a Wadi Halfa y recoger las piezas que necesitaba para reparar el coche. Cuando al día siguiente regresó al lugar donde había dejado el coche averiado se dio cuenta que se había olvidado en Wadi Halfa una de las piezas necesarias para reparar el vehículo así que ¿os lo imagináis? tuvo que regresar una vez más a Wadi Halfa mientras Fernando de Liechtenstein seguía esperando en el oasis. Por fin, después de tantas vicisitudes, pudo reparar el coche y reunirse con su compañero  en el oasis que , mientras, no había desaprovechado el tiempo y explorando los alrededores del oasis había encontrado unas marcas que parecían señalar los bordes de un camino .

Mapa de la Ruta de los Cuarenta Días o de Darb el Arbein , a través de la que se transportaban todo tipo de mercancías y particularmente esclavos desde el corazón de África hasta el mercado de la ciudad egipcia Assiut, un camino jalonado por los restos de decenas de miles de esclavos que dejaron su vida .Apenas una décima parte de los esclavos que iniciaban el viaje llegaban al destino. En cuanto a las caravanas, en la época de máximo apogeo del comercio en el siglo XIX llegaron a estar formadas por más de diez mil camellos, pero al prohibirse la esclavitud la ruta cayó en desuso y desapareció hasta que fue redescubierta medio siglo después por Almásy  (imagen procedente de http://www.egiptologia.org )
Decidieron seguir aquellas marcas  y después de un buen rato  se encontraron ante lo que sin duda era la mítica Darb El Arbein , jalonada por cientos de calaveras de camellos y restos humanos que brillaban bajo el sol del desierto. Así lo narraba el propio Almásy “Esta primera visión  de la antiquísima ruta del desierto, convertida ya en leyenda, fue imponente, pero más que por la inabarcable franja de estrías, nuestra vista quedó subyugada  por la multitud de manchas blancas y relucientes desperdigadas sobre el lecho de la corriente: ¡esqueletos lavados al sol!” y añade “No tenía nada de espantoso. Al revés: la conciencia de hallarnos en medio de la desolación arenosa  sobre una arteria de tráfico  de seres vivos nos producía más bien un sentimiento de sosiego.” Habían encontrado la ruta y ahora se dispusieron a seguirla a lo largo de los oasis que la jalonaban, aunque no siempre era sencillo distinguirla entre la arena y los oasis tampoco estaban justo al lado de la ruta  y en varias ocasiones creyeron haberse perdido, lo que con temperaturas que rozaban los cincuenta grados era una sensación muy inquietante. Por fin alcanzaron el más meridional de los oasis egipcios en la Ruta de los Cuarenta Días, el oasis de Jarga.(o Kharga en el mapa)

Fotografía actual del Oasis de Kharga, donde se halla el templo de Hibis  del siglo VI a. C , el mejor conservado de los templos construidos en los oasis del desierto. Su población actual sobrepasa los cien mil habitantes  y está situado a doscientos kilómetros del Valle del Nilo . Cuando Almasy llegó aquí había cubierto la parte más complicada de su ruta  y sorprendió a los habitantes de Kharga, que no habían visto a nadie llegar por la Ruta de los Cuarenta Días durante más de medio siglo (imagen procedente de http://dominiumviatges.com )
Este oasis tiene una extensión de 170  kilómetros de largo y 15 de ancho  que contiene el templo de Hibis, el mejor conservado de los templos egipcios en los oasis de la zona occidental del desierto.El anciano jeque que les recibió quedó sorprendido pues por aquella ruta nadie se había acercado a Jarga en más de medio siglo , desde que pasaran por allí las últimas caravanas con esclavos para su venta. Ya sólo les quedaba seguir desde allí hasta el lugar donde terminaba la ruta, la ciudad de Asyut donde antiguamente se encontraba el mercado de venta de esclavos. Y la alcanzaron conduciendo sus coches sobre la vía del tren que comunicaba la ciudad que se encontraba en el centro del oasis con Asyut. Así terminaba la primera gran exploración de Almásy, con un éxito rotundo después de descubrir y recorrer aquella ruta olvidada durante medio siglo . Pero no podía olvidar el desierto y no tardaría en preparar una nueva expedición, en esta ocasión para ir en busca de una ciudad  perdida y legendaria, Zarzura, la ciudad de cobre.  Pero para conocer esta aventura y el resto de la apasionante vida de Almásy esperaremos a mañana  y perdernos por las arenas del desierto, porque, como el propio Almásy decía “El no saber dónde estás es también uno de los encantos del desierto.”
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2 comentarios

  1. Muchas gracias Juan por tu comentario, por la lectura del artículo y por compartir el enlace. Me alegro que te haya gustado. Yo conocí la figura de László Almásy a través del libro de Javier Jayme "Pioneros de lo imposible" que te recomiendo pues es bastante más completo que lo que yo me he visto obligado a resumir. Un abrazo y muchas gracias!!

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