"LE HAVRE" , AKI KAURISMÄKI Y EL VALOR DE LA FRATERNIDAD

Hacía tiempo que no escribía sobre una película, desde que vi la magnífica “The Artist”  de Michel de Hazanivicius, porque no se decir nada sobre una historia si esta no me conmueve de alguna forma, si no me hace pensar o de alguna forma llega al corazón. Porque aunque Alfred Hitchcock dijera “para mi, el cine son cuatrocientas butacas por llenar” y con toda la razón ya que sin espectadores no existirían las películas pues nadie las financiaría , el cine es también un arte que puede llegar a transformar tu visión de la realidad, a vivir otras vidas, a ofrecerte un ángulo diferente desde el cual tratar de comprender nuestra existencia y a nosotros mismos. Todo aquello que nos emociona, que nos hace sentir, nos ayuda a despertar esa parte de nosotros que demasiado a menudo tenemos que ocultar en la vida cotidianaOscar Wilde escribía “ningún gran artista ve las cosas como son en realidad; si lo hiciera dejaría de ser artista”. El arte , tanto el cinematográfico, como la pintura, la escultura, la música, no son una fotografía de la realidad sino una interpretación de la misma que permite que la entendamos mejor.
El ser humano necesita historias, como aquellas que hace miles de años debían contar nuestros antepasados al calor de una hoguera , en la oscuridad de una noche de un mundo desconocido y amenazante. Y la última película del director finlandés Akis Kaurismäki(1957) titulada “Le Havre” es una de esas historias, un relato sencillo de vidas sencillas , una historia que podría sucederle a cualquiera pero con un aliento mágico que la aproxima a un cuento de hadas donde los acontecimientos nos ofrecen un mundo quizás no como es sino como debiera ser, a seres humanos que se comportan con una bondad conmovedora porque no son conscientes de ella, y esa es tal vez la única bondad real, la espontánea, la que brota del alma y no necesita justificarse.  Kaurismäki nos lleva hasta esta pequeña ciudad, en nuestra época aunque parece querer confundirnos y hacernos pensar que estamos en los años cincuenta. La música de los acordeones, las calles oscuras, viejos modelos Renault, habitaciones casi sin muebles y sin la presencia de aparatos electrónicos, sin móviles, parece situarnos muy lejos de nuestros días, sólo sabemos que nos hallamos en el presente porque los protagonistas guardan en una pequeña caja sus ahorros en euros.

TRAILER DE “LE HAVRE”  DE AKI KAURISMÄKI

El protagonista es un hombre ya en la madurez, Marcel Marx, que en algún momento de su pasado fue un escritor y disfruto de la vida bohemia en París, pero que ahora se gana la vida como limpiabotas en las callas de Le Havre . Podríamos pensar que se trata de un hombre amargado y derrotado por el destino , que ha tenido que renunciar a su vocación y  ha perdido la capacidad de ser feliz pero Marcel no es así , Marcel es feliz con su vida porque limpiar los zapatos de la gente le permite hablar con personas diferentes y pasar gran parte de la jornada en la calle, compartiendo sus días con los amigos y vecinos del barrio, con otro limpiabotas, con la panadera que le fía siempre una barra de pan para que la lleve a casa o con la dueña de una taberna que disfruta con su conversación. Y al final del día regresa a casa donde vive su esposa, Arletty, que un día, según dice Marcel, no pudo soportar como un joven arruinaba su vida y decidió salvarlo. Ella le espera cada día con la cena preparada, él la entrega el dinero que ha ganado y lo van guardando en esa cajita que guarda sus sueños y esperanzas y luego se sientan uno frente al otro abrazados por sus miradas. Y sabes que aunque apenas tienen nada no necesitan más para ser felices, y lo son más que otros que poseen muchas más cosas pero no tienen a su lado a alguien a quien amar y que les ame con sinceridad.
Pero la vida nunca es seguridad, es inestable y la felicidad frágil. Arlette enferma de gravedad y tiene que ser ingresada en el hospital. Marcel se queda solo en casa, y sientes que es como un naufrago que hubiera sido arrojado a una isla desierta y desconocida, y descubre que lo único que puede servirle de luz es conservar la esperanza y apoyarse en la mano que le tienden sus amigos, la gente del barrio que le conocen y le aprecian, la panadera que en lugar de una barra de pan ahora le da tres, el frutero que le entrega una caja llena de comida. Y el destino aún le depara otro giro inesperado, la irrupción en su vida cotidiana de un niño africano de no más de diez años, un emigrante ilegal al que persigue la policía para deportarlo a su país mientras él intenta alcanzar Londres, una ciudad de la que no sabe nada , ni siquiera donde se encuentra, pero de la que si sabe que en ella se encuentra su madre.  Marcel no vacilará en ayudarle a conseguirlo aunque para ello arriesgue lo poco que tiene.

Cartel de la película “Le Havre” , una de esas historias que probablemente pasará desapercibida para el gran público pues ha quedado restringida al circuito de las salas en versión original , al menos en Madrid pero que recomiendo a los que quieran dejarse llevar por la narración de una historia, sin efectos especiales, sin apenas acción, con poco diálogo pero con un relato que , al menos  a mi me ha sucedido así, te gana por la ternura y bondad de sus protagonistas (imagen procedente de http://www.salir.com )
“Le Havre” es una película de ritmo pausado, con diálogos breves y , en mi opinión, en ocasiones de expresión un poco rígida por parte de los actores, pero creo que es sobre todo una historia de fraternidad, de solidaridad de personas que tienen muy poco pero que no dudan en compartirlo cuando alguien lo necesita. El político y periodista italiano del siglo XIX Giuseppe Mazzini afirmaba que “La fraternidad es el amor recíproco, la tendencia que conduce al hombre a hacer para los demás lo que él quisiera que sus semejantes hicieran para él.”, pero incluso esta definición es demasiado egoísta y utilitaria  para atribuirla al comportamiento de los personaje de la película , porque ellos no esperan recibir ningún bien de la persona a la que están ayudando, ese niño africano que  si tienen éxito sus esfuerzos logrará alcanzar Londres y al que seguramente no volverán a ver. Le ayudan por una sola razón, necesita su auxilio, está solo y no tiene a nadie a quién recurrir. ¿Se necesitan más razones para obrar el bien? Para los protagonistas de “Le Havre” no.
En esta historia encontraremos toques de humor, gestos de ternura, optimismo incluso en situaciones donde apenas queda lugar para él, ganas de vivir y bondad. Hace unos días dediqué un artículo a la vida de la escritora y filósofo Hannah Arendt (1906-1975) y al recorrer su biografía tuve que sumergirme en la lectura del terror nazi y la pesadilla de los campos de concentración, episodios de maldad absoluta, de deshumanización y de la oscuridad más profunda a la que puede llegar el alma humana. Quizás por eso ahora aprecio más el mensaje de “Le Havre”, porque necesitamos la bondad para dar valor a nuestra existencia, porque no existe dinero que pueda comprar un gesto de ternura, una mirada de comprensión, una mano que sostenga la tuya cuando las fuerzas parecen abandonarte , una sonrisa de afecto , una presencia que ahuyente los fantasmas de la soledad. ¿Qué sería de nosotros si no tuviéramos en nadie en quién depositar nuestra confianza, a quién contar nuestras penas y alegrías, a quién recurrir en los malos tiempos y compartir los buenos momentos?

Marcel y Arlette, el matrimonio que ha compartido su vida superando las dificultades y felices a pesar de la escasez en la que viven. En una de las críticas realizadas sobre la película y publicada en  “The Hollywood Reporter ” leemos “Le Havre ofrece un refugio mágico del mundo real, un albergue cinematográfico de la vida donde basta con tener buenas intenciones” Pero pienso que, por fortuna, hay gente así en el mundo real , gente cuyas vidas son anónimas, que nunca ocuparán la portada de los periódicos ni los titulares de los informativos, pero que con  su bondad, con su optimismo, con su  esperanza, con su solidaridad para los demás, con su mano siempre tendida y la sonrisa haciendo frente a la amargura hacen que este mundo sea  mejor para las personas que tienen la fortuna de conocerles. Kaurismaki ha filmado una película que, aunque al entrar en el cine no podamos presentirlo, es un canto a la vida y a la esperanza realizado desde la sencillez y la ternura  (imagen procedente de http://www.cinempatia.com ) 
El poeta romántico Percy B. Shelley decía “Los que no aman a sus semejantes tienen una vida estéril.”.Marcel y su esposa , sus vecinos, el pequeño que viene de lejos en busca de una madre que vive en una ciudad desconocida, todos ellos serían considerados por esta sociedad que valora la producción, la posesión de riquezas, el prestigio, como unos fracasados que no han conseguido prosperar y se conforman con una vida humilde. Pero en realidad son unos triunfadores, y no quiero decir con ello que la pobreza confiera por sí misma bondad a la gente, ni que sea deseable, porque la pobreza lo único que aporta a la vida son obstáculos para poder conocer algo de felicidad en nuestras existencias. No, ellos son triunfadores a pesar de la pobreza, a pesar los límites que esta les impone en sus vidas, son triunfadores porque a pesar de todo ello se aman y han sabido conservar la capacidad de sentir compasión, de ser generosos y mantienen viva la esperanza en sus corazones , lo que Kaurismäki plasma en ese cerezo en flor que crece en un pequeño jardín, de una casa humilde en un barrio pobre , pero donde aún llega la primavera y los milagros a veces suceden.
De todas formas quiero advertir que a muchos puede que no os guste la película por su lento desarrollo, porque no suceden demasiadas cosas, porque los silencios y las miradas tienen más peso que las palabras y porque hay películas que las aprecias más cuando llegan a ti en el momento adecuado y cuando tienes la sensibilidad predispuesta para ella. Pero en esta época en la que casi todos los mensajes que llegan hasta nosotros son de un mundo convulso que parece no dejar espacio a los sentimientos más nobles del ser humano, aquellos que hacen que la vida merezca ser vivida, Kaurismäki nos recuerda que siempre hay espacio para la bondad, para la fraternidad entre las personas, para la ternura, para el amor. ¿Un cuento de hadas? Tal vez, pero ¿quién dice que los cuentos de hadas no existen? Por mi parte espero no dejar de creer nunca en ellos.
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