LOS IDOLOS DE BARRO Y LOS VERDADEROS HÉROES

La noticia de un nuevo caso de uso de sustancias prohibidas entre atletas españoles ha vuelto a poner en cuestión la admiración que sentimos por personas que destacan en ciertas profesiones como el deporte, la canción, el cine o todo lo que tiene relación con el espectáculo , en una sociedad que da más valor a lo que sucede delante de los focos, en escenarios multitudinarios, que al trabajo silencioso de tantas personas, que desde el anonimato de sus vidas, con su esfuerzo y dedicación, hacen posible que nuestro mundo siga funcionando.
Alberto Contador o Marta Domínguez eran un ejemplo a seguir, ídolos admirados por muchos niños que querrían seguir sus pasos y que veían en el esfuerzo y la capacidad de superación el camino que a ellos mismos podrían llevarles a ser como sus héroes. Estos deportistas, como otros que en el pasado han sido descubiertos, parecen no darse cuenta de la responsabilidad que tienen ni del daño que causan,cada uno con su vida puede hacer lo que le venga en gana, pero si a ellos no les importa engañar, si no les importa que su vida sea una gran mentira en la que los primeros que se engañan son ellos mismos, al menos les debería importar que otras personas les admirasen y se alegraran con sus triunfos y creyeran en ellos aún sabiendo en su interior que no eran más que un fraude.
Marta Domínguez celebrando uno de sus triunfos cuya limpieza ahora esta en cuestión 
Decía la reina Cristina de Suecia que “se puede engañar a los hombres pero no a la propia conciencia”, el castigo de estas personas lo llevan en su conciencia, porque no se puede disfrutar de un éxito fruto de la trampa y la mentira. Pero no son ellos los que ahora me preocupan pues ya tienen su castigo, lo que de verdad me inquieta son los ídolos que elegimos en nuestra sociedad como modelos a imitar. En España, pero creo que se puede extender a muchas otras naciones, se encumbra a lo más alto de la sociedad a personas que no sólo no son dignas de admiración alguna, sino que representan personalidades deleznables, groseras, maleducadas, ignorantes que se revuelcan en su propia ignorancia, mostrándonos un mundo feo y triste donde no hay lugar para la belleza, sólo para el improperio y el rebuzno como demuestra cualquiera de los múltiples programas del corazón que infectan las parrillas televisivas. 
Llenan los programas de televisión y horas y horas de conversaciones sobre sus vulgares  y mediocres existencias, embruteciendo con su ejemplo a los millones de espectadores que asisten como hipnotizados a este teatro del esperpento que transmite unos valores muy claros: el que más grita, el que más arrastra su condición humana por el barro, el que más insulta con las palabras más groseras, el que más detalles morbosos revela de su existencia, el que más valores morales pisotea, ese es el que más éxito tiene entre el público.
Los niños hace tiempo que dejaron de admirar a la policía, a los pilotos de avión, a los bomberos o a los científicos, no, ahora quieren ser modelos de pasarela, deportistas famosos, presentadores de televisión, estrella del cine o de la canción, nadie se preocupa de enseñar a las nuevas generaciones que lo importante no es ser célebre, ni ser millonario antes de los treinta, que la felicidad no se alcanza al volante de un Ferrari ni con un gran chalet en la costa.
En el siglo XVII, un escritor español , Luis Velez de Guevara, escribió una obra titulada “El diablo cojuelo” en la que un diablo lleva en un mágico viaje a un hidalgo sobre las calles de Madrid enseñándole el interior de las casas como si no hubiera un techo que las cubriese, descubriéndole la verdad sin los adornos de la mentira. Si pudiéramos hacer lo mismo con la vida de estas personas que ocupan el protagonismo de nuestra sociedad, aprenderíamos mucho sobre la miseria de sus espíritus, de lo pobre que es su existencia y  de lo solos que están en realidad, aprenderíamos no solo a no aplaudirles y dejarles ser estrellas efimeras de la sociedad, sino que limpiaríamos nuestra mente de toda la suciedad que emana de sus bocas y las mentiras que ,como una enfermedad, llegan a emponzoñar el pensamiento. Por supuesto para el poder es mucho más cómoda una sociedad embrutecida que abandona su capacidad de discernir, adormecida por las palabras zafias y estúpidas de esta gente, que una sociedad que permanezca alerta, despierta y libre. 
El diablo cojuelo enseñando a un joven caballero las miserias que se esconden bajo los tejados de la casa. Lo mismo sucede con muchos de nuestros mal llamados idolos  
Buscamos ídolos prefabricados y nos olvidamos que junto a nosotros, en nuestra vida diaria, tan cerca que no los vemos, hay personas que hacen de sus vidas un auténtico monumento, una obra de arte cotidiana. Son esas personas que no serán noticia, porque en este mundo la bondad, el amor a los demás, el trabajo honrado no son valores que vendan, ni que suban audiencias, ni facilitan el éxito en la sociedad. El éxito, ¿pero que es el éxito? Desde luego nada de lo que nos quieren vender, porque ese éxito popular que no se basa en tus virtudes sino en desnudar las partes oscuras del alma, ese éxito sólo trae soledad y vidas rotas. Me gustaría ver dentro de 20 o 30 años que ha sido de esas personas que hoy son protagonistas, porque es muy cierto el dicho castellano de que el tiempo pone a cada uno en su lugar.
Para mi el éxito es tu propia vida, el duro camino de convertirte en una persona buena, el éxito son los amigos que te quieren y la familia a la que amas, el éxito, en fin, es aquello que te permite mirar atrás asumiendo tus errores y mirar al futuro con la fe en que podrás enmendarlos y seguir mejorando, sabiendo que cada nuevo día es la posibilidad de dar un poco más de lo bueno que hay en  nosotros  a los demás. Todos conocemos a personas así, personas que siempre tienen la mano extendida para ayudarte, que nunca les falta una palabra de aliento para animarte, que no dejan marchar a nadie sin tratar de hacerles un poco más felices. 
Un escritor francés, Jules Renard, escribía que  “es más difícil ser honrado ocho días que héroe un cuarto de hora”. Para mi , esas personas son mis verdaderos héroes, a los que admiro y a los que desearía parecerme más cada día. Miremos con los ojos bien abiertos a nuestro alrededor, olvide monos de los ídolos de barro que nos venden un oro que no es más que estiércol, y descubramos a nuestros héroes, que no saldrán nunca en la televisión o en la pantalla de un cine, que no ocuparán escenarios ni pasarelas, pero que nos enseñaran a ser lo más grande a lo que podemos aspirar, buenas personas.